Los cuatro hábitos que le quitarán 12 años a su vida


Cuatro malos hábitos comunes combinados fumar, beber demasiado, la inactividad física y una dieta pobre- pueden quitarle 12 años de vida, señala un estudio científico.

Los hallazgos provienen de un estudio que dio seguimiento a casi 5.000 adultos británicos de 20 años, y destacan una razón más para adoptar un estilo de vida más saludable

En total, 314 personas estudiadas tenían los cuatro conductas no saludables. Entre ellos, 91 murieron durante el estudio, o el 29 por ciento.

Entre las 387 personas más saludables con ninguno de los cuatro hábitos, sólo murieron 32, o un 8 por ciento.

Las conductas de riesgo fueron:
  • fumar;
  • tomar más de tres bebidas alcohólicas al día para los hombres y más de dos al día para las mujeres;
  • realizar menos de dos horas de actividad física por semana,
  • y comer frutas y verduras menos de tres veces al día.

Estos hábitos combinado aumentaron sustancialmente el riesgo de muerte e hicieron a las personas parecer 12 años más viejos que los que seguían conductas saludables, dijo el investigador principal, Elisabeth Kvaavik de la Universidad de Oslo.

El grupo más saludable incluyó a quienes nunca han fumado y los que habían dejado de fumar; abstemios, las mujeres que tenían menos de dos bebidas al día y los hombres que tenían menos de tres, los que recibieron al menos dos horas de actividad física semanal, y los que comían frutas y hortalizas por lo menos tres veces al día.

El gobierno de los EE.UU. generalmente recomienda por lo menos 4 tazas de frutas o verduras al día para los adultos, dependiendo de la edad y nivel de actividad, y alrededor del 2 horas y media de ejercicio semanal.

Los resultados no significan que todos los que mantiene un estilo de vida saludable viven más que los que no, pero aumentará significaticamente las probabilidades.

Fuente: Contexto


¿Su hijo tiene problemas con la Leche? Puede tener intolerancia a la Lactosa

¿Sabía usted que si se siente mal después de beber leche o comer alimentos hechos con leche podría tener intolerancia a la lactosa?

¿Qué es la intolerancia a la lactosa?

Intolerancia a la lactosa significa que usted no puede digerir alimentos que contengan lactosa. La lactosa es el azúcar que se encuentra en la leche y en los alimentos hechos con leche. La intolerancia a la lactosa no es grave, pero puede hacerle sentir mucho malestar después de comer alimentos con lactosa.

¿Cómo me sentiré si tengo intolerancia a la lactosa?

Después de comer alimentos con lactosa, tal vez se sienta mal del estómago. También es posible que le den calambres, que se le inflame el estómago, o que le den gases o diarrea.

Algunas enfermedades pueden causar estos mismos problemas. Su médico puede hacerle pruebas para ver si sus problemas son a causa de la intolerancia a la lactosa o de alguna otra cosa.

¿Qué puedo hacer en cuanto a la intolerancia a la lactosa?

Deberá evitar o comer menos alimentos que contengan lactosa.

La lactosa se encuentra en la leche y en todos los alimentos hechos con leche. También se añade a algunos alimentos en cajas, enlatados y congelados, así como a otros alimentos preparados, tales como

  • panes
  • cereales
  • carnes para sanduches
  • aderezos para ensalada
  • mezclas para pasteles, galletas, panqueques y bizcochos
  • comidas congeladas

Aprenda a leer las etiquetas de los alimentos atentamente. Busque leche (“milk”) y lactosa (“lactose”) en la lista de ingredientes. También busque palabras como suero (“whey”), requesón (“curds”), derivados de la leche (“milk by-products”), leche deshidratada (“dried milk”), sólido de la leche (“milk solids”) y leche en polvo (“powdered milk”). Si alguna de estas palabras se encuentra en una etiqueta, el producto contiene lactosa.

¿Tengo que evitar todos los alimentos con lactosa?

No necesariamente. Es posible que pueda comer una pequeña cantidad de algunos alimentos con lactosa. Por ejemplo, tal vez pueda comer queso o yogur pero no beber leche.

Pruebe una pequeña cantidad del alimento y luego observe cómo se siente. También puede beber leche reducida en lactosa (“reduced lactose”). Y puede comprar comprimidos o gotas con la enzima lactasa que ayuda a digerir la lactosa.

¿Dónde puedo obtener más información sobre la intolerancia a la lactosa?

National Digestive Diseases Information Clearinghouse
2 Information Way
Bethesda, MD 20892–3570
Teléfono: 1–800–891–5389
TTY: 1–866–569–1162
Fax: 703–738–4929
Correo electrónico: nddic@info.niddk.nih.gov

El National Digestive Diseases Information Clearinghouse (NDDIC) es el Centro Coordinador Nacional de Información sobre las Enfermedades Digestivas, un servicio del National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases (NIDDK). El NIDDK forma parte de los National Institutes of Health, que a su vez dependen del Department of Health and Human Services de los Estados Unidos.

Ingerir más carbohidratos y menos grasas eleva riesgo cardíaco


Quienes reducen el consumo de ácidos grasos saturados y aumentan el de pan blanco, pastas y otros carbohidratos refinados, que pueden elevar el nivel de azúcar en sangre, no están cuidando el corazón, reveló un estudio en Dinamarca.

Pero reducir el consumo de ácidos grasos saturados mientras se ingiere más pan integral, vegetales (además de papas) y otros carbohidratos con un efecto no tan nocivo en el azúcar en sangre mejoraría la salud cardiaca, precisó el equipo de Marianne U. Jakobsen, de Aarhus University Hospital.

"El tipo de carbohidratos es importante", dijo Jakobsen a Reuters Health.

Un análisis reciente de 21 estudios sobre 350.000 personas en total "no halló evidencias significativas" de que la grasa saturada eleve el riesgo de desarrollar enfermedad cardiaca, pero los autores sugirieron que lo más importante sería aquello con lo que los participantes reemplazaron esas calorías derivadas de las grasas saturadas.

Otro estudio lo comprobó: quienes habían consumido más ácidos grasos poliinsaturados y menos grasas saturadas pudieron mejorar la salud cardiaca.

En el nuevo estudio, el equipo analizó el papel de los carbohidratos en la ecuación al medir el "índice glucémico" de los distintos tipos de carbohidratos.

El índice glucémico es una medida de la velocidad del aumento del azúcar en sangre tras consumir cierto tipo de carbohidratos.

Los alimentos con bajo índice glucémico tienden a ser ricos en fibra y menos refinados, como los productos de granos integrales.

Mientras que los alimentos con alto índice glucémico suelen ser reducidos en fibra y muy refinados, como el pan blanco, las pastas con harina blanca y banana.

Para investigar cómo el aumento del consumo de carbohidratos y la reducción de los ácidos grasos saturados afectan la salud cardiaca, el equipo estudió a 53.644 hombres y mujeres que nunca habían sufrido un infarto. Durante 12 años de seguimiento hubo casi 2.000 infartos.

El equipo dividió a los participantes en tres grupos, según el índice glucémico promedio de los carbohidratos que consumían y, luego, estimó el riesgo de sufrir un infarto según la composición de la dieta individual.

El riesgo de tener un infarto disminuyó un 12 por ciento por cada 5 por ciento extra de calorías totales derivadas de carbohidratos, si el índice glucémico alimentario promedio era bajo.

De todos modos, esa reducción no fue estadísticamente significativa.

Pero entre los participantes con el índice glucémico alimentario promedio más alto, ese riesgo aumentó un 33 por ciento por cada 5 por ciento adicional de calorías consumidas provenientes de carbohidratos.

En el grupo con un índice glucémico promedio, el aumento del consumo de carbohidratos combinado con la reducción del de ácidos grasos saturados no modificó el riesgo cardiaco.

"No podemos decir que los ácidos grasos saturados no estén asociados con un aumento del riesgo de desarrollar enfermedad coronaria porque eso depende de con qué se los compare", dijo Jakobsen a Reuters Health.

Desafortunadamente, conocer el índice glucémico de cada alimento no es simple. "Es una forma científica de clasificar alimentos, de modo que no es un proceso amigable con la población general", agregó.

De todos modos, la autora dijo que las personas pueden reducir el índice glucémico de su alimentación con solo ingerir "alimentos menos refinados".


FUENTE: American Journal of Clinical Nutrition, 7 de abril del 2010.

Las películas en 3D causarían mareo


Las nuevas películas tridimensionales están mareando a mucha gente. No es por los extraterrestres que sangran fuera de la pantalla ni por los humanos a medio digerir que escupen dragones feroces hacia el espectador. Es simplemente la manera en que las imágenes tridimensionales engañan al cerebro y simulan los síntomas de la cinetosis, informa HealthDay News.

Los expertos advierten que el problema, si lo tienes, podría estar en la cabeza, particularmente en los ojos. Un 5% desafortunado (o afortunado, según como lo mires) de la gente tiene tan mala coordinación visual que no puede percibir estas imágenes.

Pero si estas personas deciden desembolsar $80 en promedio por “Avatar” o “Alicia en el país de las maravillas”, al menos nos les va a doler la cabeza.

“Para ver películas tridimensionales, los ojos tienen que estar coordinados. Las imágenes tienen que ser claras en ambos ojos”, explica James J. Salz, vocero de la Academia Estadounidense de Oftalmología y profesor de Oftalmología de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. “Sólo si son claras en ambos ojos se podrá ver la fusión de las dos imágenes”. Para lograr el efecto tridimensional se requieren dos proyectores distintos que exhiben dos imágenes traslapadas para simular la percepción de profundidad.

Fuente: yucatan.com.mx

La obesidad refuerza el riesgo de neumonía en los hombres

De acuerdo a un nuevo estudio, los hombres obesos tendrían más riesgo de sufrir neumonía.

Pero un equipo de investigadores afirmó que ese efecto sería indirecto. "El riesgo surge con la aparición de enfermedades crónicas asociadas con la obesidad y no con la obesidad en sí", explicó a Reuters Health Jette Brommann Kornum, del Hospital Universitario Aarhus, en Dinamarca.

Las tasas de hospitalización por neumonía aumentaron en las últimas décadas, entre un 20 a 50 por ciento en los países occidentales. Al mismo tiempo, cada vez más personas en el mundo tienen sobrepeso, lo que hizo crecer las tasas de enfermedades crónicas, como diabetes y asma.

Los pocos estudios que trataron de asociar la tendencia entre la obesidad y la neumonía llegaron a resultados contradictorios, según el equipo de Kornum. Para resolverlo, los autores analizaron datos de un ensayo llamado Danish Diet, Cancer and Health Study.

El equipo seleccionó a casi 50.000 daneses, de entre 50 y 64 años, sin antecedentes previos de enfermedades crónicas o internaciones por neumonía.

De los 22.578 hombres, 1.087 (4,8 por ciento) fueron hospitalizados por neumonía entre el inicio del estudio, en la década de 1990, y su finalización, en abril del 2008. En las mujeres, la tasa fue algo menor: 1.025 de 27.973 (3,7 por ciento).

El equipo agrupó a los participantes según el índice de masa corporal (IMC).

Tras considerar factores como el estilo de vida y la educación, los hombres moderadamente obesos (IMC de entre 30 y 34,9) tenían un 40 por ciento más riesgo de tener neumonía que aquellos con peso normal (nivel por debajo de 24,9). Los hombres obesos mórbidos (IMC superior a 35) eran dos veces más propensos a tener neumonía.

No hubo esa distinción en las mujeres.

"Se desconocen las causas de esas diferencias entre géneros", dijo Kornum. "Mi hipótesis es que la distribución corporal de la grasa podría tener un papel importante, ya que la forma de manzana, que es más común en los hombres, podría reducir la ventilación" pulmonar, agregó.

Luego de estimar las enfermedades crónicas diagnosticadas durante el estudio, el efecto de la obesidad en los hombres también desapareció. Es como si el papel de la obesidad no influyera en esos trastornos.

La diabetes, por ejemplo, estuvo asociada con un 25 a 75 por ciento más riesgo de necesitar una hospitalización por neumonía.

Kornum sugirió también que existirían otras vías por las que la obesidad podría modificar el riesgo de desarrollar o no neumonía, por ejemplo, reducción de la inmunidad, mayor riesgo de aspiración, pérdida del volumen pulmonar y alteración del patrón de ventilación.

En European Respiratory Journal, el equipo indicó que existe la posibilidad de que los obesos hayan engordado durante el estudio (un dato no registrado) y que los médicos hayan tendido a hospitalizarlos más que a los pacientes más delgados con la misma infección.

Ambas situaciones pueden generar una sobreestimación del efecto de la obesidad en el riesgo de desarrollar neumonía.

Pero el tamaño y el rigor del estudio en Dinamarca le permitieron a Kornum traducir los resultados en consejos para los hombres obesos: prestar atención a los síntomas de neumonía (fiebre, escalofríos, dolor torácico, disnea o tos) y evitar otros factores de riesgo, como el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol.

FUENTE: European Respiratory Journal, 2010

La fructosa favorece la diabetes y acelera la aparición de la obesidad

La fructosa endulza el paladar, pero también puede amargar la salud. Su consumo excesivo, principalmente a través de refrescos que contienen este derivado de la fruta, acelera la aparición de la obesidad, incrementa el riesgo de padecer diabetes y contribuye a la displemia (alteración del colesterol y los triglicéridos).

Su lado oscuro acaba de ser descubierto por un equipo de investigadores gallegos adscrito al Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición (CIBERobn), que han determinado que en cantidades abusivas y consumido de forma prolongada provoca alteraciones en el metabolismo.

El problema no es el exceso de calorías que aporta al organismo este azúcar natural, que también, sino el desajuste metabólico que produce. Los investigadores, dirigidos por Miguel Ángel Martínez Olmos, del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS), han demostrado en animales experimentales que la ingesta de fructosa en cantidades abundantes y durante un período de tiempo prolongado desarrolla una resistencia del organismo a la leptina, la hormona que regula el nivel de lípidos en la sangre.

«Esto repercutiría en la acumulación energética en forma de grasa que aceleraría la aparición de la obesidad», explica Martínez Olmos.

La misma resistencia se desarrolla también con la insulina, con lo que su ingesta resulta perjudicial para las personas con diabetes. Esta conclusión resulta aún más llamativa, ya que hasta ahora el consumo del azúcar derivado de la fruta estaba ligado a un efecto beneficioso para los diabéticos, porque, al contrario que la glucosa y otros carbohidratos, no aumentaba la producción de insulina.

De igual modo, el abuso de la fructosa ocasiona un aumento de triglicéridos en la sangre y una disminución del colesterol bueno. En todos los casos se trata de factores que elevan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares en el futuro.


«Estamos hablando de que su consumo abusivo incrementa los riesgos para la salud, ya que produce más obesidad, más diabetes y más displemias», resume Miguel Ángel Martínez.

La alternativa más natural

La pregunta, entonces, es cuál es su consumo recomendado, sobre todo si se tiene en cuenta de que en niños y adolescentes el consumo de bebidas edulcoradas como los refrescos es cada vez mayor. Pero la respuesta es variable: depende de la edad, el sexo, la constitución de la persona o de las calorías que queme al día mediante el ejercicio físico. Aunque, como recomendación general, lo mejor es reducir su ingesta en la medida de lo posible y optar por su alternativa natural. «Con cinco piezas al día de frutas y verduras es suficiente, los refrescos no son necesarios», apunta el investigador santiagués.

Otra opción saludable son los zumos de frutas naturales, que no contienen tantas calorías como los refrescos y que aportan, además, fibra, pulpa y vitaminas para el organismo. «Lo lógico -apunta el científico- es utilizar principalmente zumos naturales, sin aditivos»

Fuente:
La Voz de Galicia

Un mayor consumo de vitamina K reduce el riesgo de cáncer

Las personas que consumen más vitamina K a través de los alimentos serían menos propensas a desarrollar o morir de cáncer, en especial de pulmón o de próstata, que las que ingieren relativamente poca cantidad, según un nuevo estudio.

La investigación, publicada en American Journal of Clinical Nutrition, es la primera que analiza la relación entre el consumo de vitamina K y el riesgo de desarrollar o morir de cáncer. Un estudio previo lo había identificado con una disminución del riesgo de sufrir cáncer de próstata.

Los resultados no prueban que consumir más vitamina K reduzca el riesgo de sufrir de ciertos tumores, pero aportan la base para investigarlo, opinó el equipo de Jakob Linseisin, del Centro de Investigación del Cáncer de Alemania, en Heidelberg.

La vitamina K existe en dos formas naturales. Por un lado, en la vitamina K1, o filoquinona, presente en gran cantidad en los vegetales de hoja verde y en algunos aceites vegetales, como la canola y los aceites de soja. Por el otro, en la vitamina K2, o menaquinona, de la que la carne y el queso son las principales fuentes alimentarias.

En el nuevo estudio, la vitamina K2, que los participantes obtuvieron frecuentemente a través del queso, estuvo asociada con la posibilidad de desarrollar o morir de cáncer, no así la vitamina K1.

Los resultados surgen de datos de 24.340 adultos en Alemania, de entre 35 y 64 años, y sin cáncer al inicio del estudio. El equipo estimó el consumo habitual de vitamina K de los participantes según un cuestionario alimentario detallado.

En la siguiente década, a 1.755 participantes se les diagnosticó cáncer de colon, mama, próstata o pulmón, de los cuales 458 murieron durante el estudio.

En general, el equipo halló que el cuarto de los participantes con el mayor nivel de vitamina K2 eran un 28 por ciento menos propensos a haber muerto por alguno de los cánceres que el cuarto de los hombres y mujeres que menos vitamina consumían.

Eso fue así tras considerar factores como la edad, el peso, el ejercicio, el tabaquismo y el consumo de otros nutrientes, como la fibra y el calcio.

El 2,6 por ciento (156) del cuarto de participantes que menos vitamina K2 consumía murió por uno de los cuatro cánceres. Lo mismo ocurrió en el 1,6 por ciento de los participantes que más vitamina obtenían de los alimentos.

Cuando el equipo analizó cada tipo de cáncer, no identificó una relación entre la forma de la vitamina K y el cáncer de mama o de colon.

De todos modos, un alto consumo de vitamina K2 estuvo asociado con un menor riesgo de desarrollar o morir por cáncer pulmonar, una enfermedad en la cual el tabaquismo es el principal factor de riesgo, o de desarrollar cáncer de próstata.

El 0,8 por ciento (47) del cuarto de los participantes que menos vitamina K2 consumían desarrollaron cáncer pulmonar, versus el 0,4 por ciento del cuarto que más vitamina K2 obtenían con la dieta.

Hubo 111 casos de cáncer de próstata en el cuarto de los hombres que menos vitamina K2 consumían y 65 casos en el grupo que más vitamina ingerían.

En teoría, la vitamina K podría proporcionar algo de protección contra el cáncer. A menudo, se utiliza para contrarrestar dosis muy altas de anticoagulantes, aunque eso no tiene una relación obvia con la aparición del cáncer.

Pero, en estudios en laboratorio, la vitamina inhibió el crecimiento de células tumorales y promovió la apoptosis, un proceso por el cual las células anormales se "suicidan".

Pero se desconoce si, en el estudio, el consumo de vitamina K fue lo que redujo el riesgo de desarrollar cáncer.

Una limitación fue que el equipo estimó el consumo de vitamina K según los hábitos alimentarios que informó cada participante, que la mayoría del aporte de vitamina K provino del queso y que, según el equipo, es posible que otros componentes de la dieta estén asociados con el nivel de riesgo de desarrollar cáncer.

FUENTE: American Journal of Clinical Nutrition, online 24 de marzo del 2010.

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